Ya dirigiéndose al final, no había más que agregar
y nada podría hacerse ya aunque quisiera,
todo había sucedido en su momento,
en su tiempo, en su espacio.

Muy distinto fue que no haya tomado cada oportunidad,
cada instante en que se abrió la puerta, cada guiño, cada llamada,
que no reaccionara ante el regaño indebido,
el acoso descarado, la agresión gratuita.

Ya definitivamente quedaban borradas las posibilidades
de un beso fortuito, un abrazo caliente,
de disfrutar un viaje, una cerveza o una droga.

Fuera ya quedaban las largas noches de juerga,
las compañías de dudosa reputación
y los cortos días de sol y trabajo.

Hoy ya todo había ocurrido, se hubiese hecho o no,
la inevitable transición era ya inminente,
implacable avanzaba y así era aceptada,
ya no había marcha atrás.

Tras las últimas palabras todo quedaba sellado:

– Sí, acepto…

Tan, tan, ta, tan…

Tan, tan, ta, tan…

Anillos de Boda

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