Sentía la aterciopelada caricia del viento que, desde la ventana,
corría por mi cara, cuello y parte alta de la espalda,
mezclada contradictoriamente con la calidez
que me llegaba a la altura de la rodilla, el muslo, la cadera,
era como perder la real noción de la temperatura corporal
y provocaba quererse abandonar a la placidez que tal combinación
de sensaciones producía.

Pero, tal disfrute no podría ser eterno, algo existe siempre
que nos obliga a terminar las acciones placenteras,
y no saca del ensueño, que terminó al fraseo de estas palabras:

¡¡Bajo en el metro!!

Pesero

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