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Dicha Efímera

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Sentía la aterciopelada caricia del viento que, desde la ventana,
corría por mi cara, cuello y parte alta de la espalda,
mezclada contradictoriamente con la calidez
que me llegaba a la altura de la rodilla, el muslo, la cadera,
era como perder la real noción de la temperatura corporal
y provocaba quererse abandonar a la placidez que tal combinación
de sensaciones producía.

Pero, tal disfrute no podría ser eterno, algo existe siempre
que nos obliga a terminar las acciones placenteras,
y no saca del ensueño, que terminó al fraseo de estas palabras:

¡¡Bajo en el metro!!

Pesero

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Ya dirigiéndose al final, no había más que agregar
y nada podría hacerse ya aunque quisiera,
todo había sucedido en su momento,
en su tiempo, en su espacio.

Muy distinto fue que no haya tomado cada oportunidad,
cada instante en que se abrió la puerta, cada guiño, cada llamada,
que no reaccionara ante el regaño indebido,
el acoso descarado, la agresión gratuita.

Ya definitivamente quedaban borradas las posibilidades
de un beso fortuito, un abrazo caliente,
de disfrutar un viaje, una cerveza o una droga.

Fuera ya quedaban las largas noches de juerga,
las compañías de dudosa reputación
y los cortos días de sol y trabajo.

Hoy ya todo había ocurrido, se hubiese hecho o no,
la inevitable transición era ya inminente,
implacable avanzaba y así era aceptada,
ya no había marcha atrás.

Tras las últimas palabras todo quedaba sellado:

– Sí, acepto…

Tan, tan, ta, tan…

Tan, tan, ta, tan…

Anillos de Boda

7 a.m.

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Que noche tan larga la que está pasando,
tan oscura que ni el fulgor de las estrellas la penetra,
tan extensa que el amanecer no parece llegar nunca.

La penumbra es tan profunda que casi lamento no ser católico,
para tener la vela bendita que rompe la tenebra del infierno
y que fácilmente se desharía de la que me rodea.

Doloroso momento este en que nada me indica adónde voy,
ni si he de llegar o no, eterna condena por un error que no conozco
o que es tan grave que me niego a recordar.

Terrible sensación de estar suspendido en la nada
con un frío que viene de mi interior,
porque afuera está todo suspendido en el vacío,
detenido en el tiempo, inasible, inamovible.

Maldición de muerte extraña,
que no me deja llegar completo el terror y tampoco la certidumbre,
de la que ni puedo estar cierto ni seguro de que sea o no.

Perdido en mi propio yo, hasta la memoria me ha abandonado,
incapaz estoy de atraer el mínimo recuerdo mucho
menos de saber cómo es que estoy aquí,
cómo llegué aquí a la nada.

Se que en algo, alguien, algún lugar estoy, pero no se qué es,
tampoco soy capaz de vislumbrar que sigue, no puedo pensar más allá,
como si el futuro hubiese desaparecido,
como si el pasado nunca hubiera existido,
me limito sólo a un tortuoso y sucesivo presente de conciencia de un segundo,
que no puede adelantar el segundo que viene y olvida el segundo que pasó.

¿Purgatorio acaso? ¿Así ha de ser mi eternidad,
sólo sintiéndome como un punto, que se piensa a si mismo,
que se supo con cuerpo y que ahora se sabe con nada y con todo a la vez?
Extraño y sádico castigo.

¿Pero, fueron tan graves mis acciones que la bondad de Dios,
la maldad de Satanás y hasta la justicia de la muerte se han olvidado de mi?
¿Qué clase e horror estoy viviendo en la muerte, o muriendo de la vida?
¿Quién me hace pasar por este sin tiempo, sin espacio, sin sentido?

– ¡Tiiiiiiit! ¡Tiiiiiit! ¡Tiiiiiit! Son las 7 am, hora de levantarse…

Reloj despertador

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